12/13/2010 09:53:00 p. m.

Capitalismo contra democracia



por Thomas Coutrot*

traducido por Hasardevi

« Capitalisme contre démocratie », Revue du MAUSS permanente, 13 mars 2010 [en ligne]. http://www.journaldumauss.net/spip.php?article663

Centralismo contra democracia

Contrariamente a la idea dominante acerca de que la convergencia entre capitalismo, liberalismo y democracia sería ineludible y deseable, Thomas Coutrot muestra que sus relaciones no dejan de ser contradictorias y nocivas: mientras que el capitalismo de monopolios contradice el ideal competitivo, el liberalismo económico socava al liberalismo político, y la democracia formal se aleja en mucho de la democracia sustancial, lo que significa el ejercicio efectivo de la soberanía popular.

La democracia capitalista liberal constituiría la forma superior y definitiva de la Organización de las sociedades humanas. Tal es la opinión popular que se ha impuesto a escala mundial después de la caída de la URSS. Este “pensamiento único” postula la convergencia inevitable entre principios de organización de la economía (el capitalismo), del Estado (el liberalismo) y de la soberanía (la democracia). sus argumentos son bien conocidos: la libertad de empresa, la libre competencia y el libre mercado, en suma, el capitalismo, son aspectos intocables de la libertad humana. La democracia es el único modo de gobierno que supone la libertad de los ciudadanos y la desarrolla. La democracia no es, finalmente, sino la aplicación en el mercado político de las leyes del capitalismo: libre elección del consumidor-elector, libre competencia, Ley de la oferta y la demanda... La sinergia entre capitalismo, liberalismo y democracia hace del modelo occidental el « final de la historia » le destina a ganar el conjunto del planeta del hecho de su dinamismo económico sin equivalente (versión Francis Fukuyama) o a suscitar el odio y la envidia de otras “civilizaciones” (versión Samuel Huntington).

El retroceso casi general de la participación electoral, el aumento del populismo de derecha, el desmoronamiento de la solidaridad social, el retroceso de las libertades civiles después del 11 de septiembre, podrían haber fracturado ese bello edificio ideológico. Pero, así se haya debilitado en la realidad, el modelo de la democracia capitalista liberal conserva su hegemonía intelectual.

Sin embargo, la superioridad pretendida de la democracia capitalista liberal, descansa sobre fundamentos teóricos particularmente precarios. En el discurso dominante, el capitalismo, el liberalismo y la democracia se han convertido en sinónimos casi intercambiables. En realidad estos tres conceptos tienen historias y significados muy diferentes. Su relación mutua pasa por graves tensiones cuyo empeoramiento aclara la actual crisis de la democracia.

Las relaciones ambiguas del capitalismo y del liberalismo

Se conocen las dos caras del liberalismo. Su faceta política –libertad de expresión, de asociación, de prensa o de religión, resulta atrayente casi unánimemente, aun cuando se guarda silencio sobre el hecho de que estos derechos “liberales” se han convertido en realidad gracias a las luchas sociales. Su faceta económica es más controvertida: las virtudes del laissez-faire (dejar hacer), de la mano invisible del mercado, el carácter sagrado de la propiedad privada, son creencias por supuesto ancladas en la ideología dominante, pero de ningún modo consensuales.

A pesar de la aparente aversión del liberalismo político por la concentración del poder económico, “que es a la sociedad económica lo que el despotismo es a la sociedad política” según Adam Smith, el capital no ha dejado de concentrarse. Marx describió mejor que nadie esta tendencia inexorable que no se ha interrumpido un segundo desde su época.

El “capitalismo realmente existente” no vive sino por y para la concentración y las rentas del monopolio. Por el juego incesante de fusiones-adquisiciones, bajo la presión de las finanzas, gran amante de las posiciones dominantes, el monopolio mundial se acelera también reconstruyendo a escala mundial los oligopolios, por un momento desestabilizados por la competencia.

El liberalismo económico acelera la concentración capitalista y refuerza los feudos del dinero, menoscabando al mismo tiempo las bases del liberalismo político, la igualdad de los ciudadanos ante la ley y la cosa pública. La tendencia secular a la concentración del capital hace cada vez más aguda la contradicción entre los derechos de los ciudadanos y los de los propietarios, hoy los accionistas y sus cargos de poder, que uno piensa por ejemplo en la concentración en el sector de los medios de comunicación y de la edición, o en las presiones que las transnacionales hacen pesar sobre los diseñadores de las políticas.

Esta paradoja del liberalismo, que parece condenado a autodestruirse, nos devuelve a la contradicción entre el liberalismo político y el liberalismo económico. “El liberalismo concibe al Estado como Estado de Derecho, tanto como Estado mínimo” (Norberto Bobbio, Liberalismo y Democracia, Cerf, 1996). El Estado de derecho se supone debe proteger al ciudadano de la violencia y la arbitrariedad. Pero el Estado mínimo permite que los propietarios del capital acumulen poderes ilimitados; al mismo tiempo, para protegerles de las protestas de los oprimidos, utiliza su monopolio de la violencia legítima, según la definición que Max Weber daba del Estado. cuando las inequidades se acrecientan y cuando la inseguridad se expande, el Estado mínimo se vuelve autoritario y comienza a poner en peligro al Estado de Derecho: en Francia por ejemplo están las reformas “Sarkozy” de 2003-2006; en los Estados Unidos la así llamada Ley Patriótica o Guantánamo... El estado de guerra permanente se convierte en el mejor argumento electoral, para bush, Poutine y sus numerosos émulos.

Capitalismo y democracia : ¿matrimonio turbulento o divorcio consumado ?

Las relaciones entre capitalismo y democracia son también conflictivas. Tocqueville se preocupaba por esta contradicción: “¿Se creía que después de haber destruido al feudalismo y vencido a los reyes, la democracia reculara ante los burgueses y los ricos?”. El sociólogo norteamericano Robert Dahl habla de “matrimonio turbulento” para describir las relaciones del capitalismo y de la democracia. Tan turbulento que el divorcio ha sido pronunciado seguido: el fascismo, el nazismo, el franquismo y varios regimenes autoritarios se han instaurado para salvar al capitalismo sacrificando la democracia...

Después de la Segunda Guerra mundial, las luchas sociales impusieron el compromiso keynesiano –el Estado protector, en muchas naciones occidentales : las sustanciales concesiones hechas en gran número permitieron restaurar una legitimación a un capitalismo acorralado. Pero la crisis y la ofensiva neoliberal pusieron fin a esta alianza efímera entre democracia y capitalismo, reanudando la profunda división...

La globalización neoliberal termina por vaciar las instituciones democráticas de su sustancia, no manteniendo sino la forma. La movilidad del capital le da un poder coercitivo sin equivalente. Si las políticas de un gobierno no cumplen las exigencias de los inversores, éstos las sancionan inmediatamente retirando sus capitales. El avance del desempleo termina por desmoralizar a las clases populares y convence a los electores en consentir sin violencia las medidas exigidas: reducción del gasto público, lucha prioritaria contra la inflación, privatización de los servicios públicos, flexibilidad de los contratos y del trabajo... La constitucionalización de las políticas neoliberales, sacralizan los intereses financieros por encima de la política, se inscribe en los tratados internacionales, en los estatutos de los bancos centrales "independientes", en las autoridades "independientes" de regulación...

Democracia o liberalismo

Esta tensión entre capitalismo y democracia aparece así como inflexible y en vías de agravarse. La democracia es también un concepto de dos caras. Como el capitalismo de monopolios contradice el ideal competitivo, como el liberalismo económico socava al liberalismo político, la democracia formal se aleja de la democracia substancial, que significa el ejercicio efectivo de la soberanía popular.

Puesto que, según Bobbio, el término de democracia abarca al menos dos conceptos distintos: por una parte, la “democracia formal” que consiste en el respeto de las normas –sufragio universal, derechos cívicos y políticos- Para que « el poder sea objeto de una distribución de la mayoría de los ciudadanos » ; por otra parte, la “democracia sustancial” fundada sobre el ideal de igualdad y de participación de los ciudadanos en las decisiones colectivas. La democracia formal es una condición absolutamente necesaria, pero no suficiente: la democracia sustancial exige también una cierta igualdad de condiciones económicas, de capacidades reales de comprensión, entendimiento y de intervención de los ciudadanos.

La diferencia de punto de vista entre liberalismo y democracia es clara : los liberales son partidarios de un Estado que gobierna el mínimo posible y garantice la seguridad. La democracia formal les basta. Los demócratas quieren un estado donde el gobierno esté lo más posible entre las manos de los ciudadanos, y reivindican la democracia sustancial.

En la globalización actual, coexisten una extensión geográfica inédita de procedimientos democráticos y una explosión de las injusticias sociales. Con la desregulación y las privatizaciones, las capacidades de acción de los dominantes hacen más grande la brecha entre éstos y los dominados. Por un lado la democracia formal avanza y esto contribuye indiscutiblemente a la legitimidad del sistema; pero del otro, la capacidad efectiva de los dominados para hacerse oír está disminuyendo, lo cual debilita la democracia sustancial. Hay una estrecha coherencia entre este retroceso de la capacidad de acción de los dominados y la indiferencia (en el mejor de los casos) de las políticas públicas a la cuestión de las desigualdades.

Ya que sólo la democracia substancial produce las políticas orientadas que reflejen la voluntad bien informada de la mayoría de la población. Sólo así puede garantizar que las orientaciones adoptadas serán equitativas a los ojos de esta población

Salir del liberalismo por arriba

Los grandes pensadores modernos de la democracia eran lo bastante lúcidos acerca de las contradicciones entre capitalismo y democracia. ¡Qué hubieran dicho entonces si hubieran podido ver a qué punto la globalización neoliberal agrava estas tensiones! Algunos no están lejos de considerar alternativas no capitalistas más compatibles con la democracia. Así, John Rawls, uno de los más importantes pensadores liberales de nuestra época, considera conforme a su Teoría de la justicia un "régimen socialista liberal », donde "los medios de producción son de propiedad pública y las empresas dirigidas por juntas de obreros ». En otras palabras, un socialismo democrática autogestionario, donde las decisiones económicas no escaparían más a la influencia de la deliberación democrática.

Más que las razones teóricas bien fundadas, esto es, a mi sentir, el retroceso de la crítica anticapitalista hasta el final del siglo xx lo que explica el actual descrédito político de la perspectiva autogestionaria. Durante decenios de guerra fría, la oposición frontal entre liberalismo y comunismo limitó el espacio vital del pensamiento socialista democrático. La alternativa entre dictadura de mercado o dictadura de partido único, no ha podido ser superada. Sin embargo, en lugar del triángulo incoherente capitalismo-liberalismo-democracia, se puede identificar dos figuras bastante coherentes: un “triángulo neoliberal” (capitalismo de monopolios - liberalismo económico -democracia formal), al cual podría oponerse un “triángulo post-liberal” (socialismo autogestionario - liberalismo político - democracia sustancial). En el primer triángulo, el liberalismo impulsa la concentración y el entendimiento mutuo de los poderes económicos y políticos; la democracia formal legitima el todo, apoyándose sobre la desmovilización popular, la manipulación mediática y la lógica de la seguridad. En el segundo, la distribución equitativa de los poderes económicos y políticos se basa en las libertades positivas y las refuerza, a través de la participación directa de los ciudadanos en los asuntos de la economía y del Estado.

Eric Olin Wright (« Taking the social in socialism seriously ») define al socialismo democrático como un orden social en donde la sociedad civil controla democráticamente al Estado y la economía. El desarrollo del movimiento altermundista expresa la reacción de la sociedad civil a las amenazas cada vez más graves que la lógica del capital financiero hace pesar sobre los derechos civiles y sociales, la democracia, el medio ambiente, la paz... Acontecimientos nuevos: la convergencia inédita de movimientos sociales clasistas (los sindicatos) y no clasistas (las organizaciones no gubernamentales); el carácter internacional, incluso mundial, que ha tomado de pronto la alianza que se perfila. Este movimiento niega la mercantilización sistemática de las actividades humanas,

y exige que las poblaciones y sus representantes elegidos puedan dominar las grandes decisiones económicas, sociales y ambientales, tomadas hoy en los foros privadas o "independientes". Parece hoy portador de exigencias de control de ciudadanos sobre el estado y sobre la economía: las movilizaciones sociales contra la OMC, el G8 o el FMI, el desarrollo de formas de democracia participativa, el hostigamiento de los transnacionales (Nike, Monsanto, Total...) por las organizaciones no gubernamentales, los movimientos de comercio equitativo y de consumo responsable, la expansión de la economía solidaria, todos estos aspectos destacados del movimiento social señalan de la necesidad de renovación profunda de la democracia y de su extensión a esferas que aún se le escapan.

En la vida económica, en particular en Francia, la opinión pública manifiesta regularmente su desaprobación masiva de la gestión neoliberal de las empresas, que hace vulnerable el trabajo, y lleva a cabo despidos en función del único criterio de la rentabilidad financiera. Los ciudadanos quieren poder pesar sobre las decisiones mayores concernientes a la producción, las condiciones de trabajo y de remuneración, el empleo, las relaciones de trabajo, etc. A diferencia de las políticas de privatización y desregulación, el control colectivo del desarrollo económico tiene también un reto importante con el agravamiento de la crisis ambiental global. La extensión del campo de acción de la democracia, su revitalización por el desarrollo de la participación popular en todos los niveles, constituyen a la vez la principal finalidad y el medio de acción escogido del movimiento social. A largo plazo, este movimiento deberá basarse en la cuestión del socialismo autogestionario como la prolongación del proceso de democratización de las sociedades modernas comprometido por el liberalismo y las luces.



* Thomas Coutrot : Economista y estadista francés nacido en 1956. Jefe del departamento “condiciones de trabajo y salud” en el Ministerio del Trabajo y del Empleo. Uno de los dirigentes de la Red de Alerta sobre las Desigualdades. Militante altermundista, co-presidente de la ATTAC (Association pour la taxation des transactions financières et pour l'action citoyenne - Asociación por la Tasación de las Transacciones y por la Acción Ciudadana. Movimiento internacional que promueve el control democrático de los mercados financieros y las instituciones encargadas de su control) desde diciembre de 2009 y miembro de su consejo científico. También participa en la Fundación Copérnico.

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