9/03/2009 09:19:00 a. m.

La corrupción invicta

Enrique Serna

Invicta

ara restarle gravedad a sus claudicaciones, los pueblos que se han dejado avasallar por la corrupción, o están resignados a soportarla como una fatalidad, suelen recurrir al autoescarnio delante de los extranjeros, como si trataran de captar su benevolencia reduciendo al absurdo una situación que de otra manera provocaría consternación o espanto. Así se comportan, por ejemplo, los guías turísticos de El Cairo, una de las ciudades más horribles y caóticas del mundo, cuando tienen que mostrar las llagas de la miseria y la venalidad oficial que afloran por doquier en el paisaje urbano. Descubrí su lastimera comicidad en la última escala de un viaje a Egipto, durante el largo trayecto nocturno del aeropuerto de El Cairo a las pirámides de Gizé, cuando el cicerón que pastoreaba a mi rebaño de turistas trató de darnos una jocosa bienvenida al infierno:

—A la izquierda pueden ver la ciudad de los muertos, el antiguo cementerio de los sultanes mamelucos, donde ahora viven hacinadas más de quinientas mil personas. La ventaja de vivir en esas tumbas es que si un miembro de la familia muere, sus parientes sólo tienen que abrir un hoyo en la sala para enterrarlo, je je je. Habrán notado ya que muchos autos viejos traen apagadas las luces. Como sus dueños no tienen dinero para arreglar los fanales, la policía los tolera a cambio de pequeños sobornos. Para evitar choques tocan el claxon en todas las bocacalles: el problema es que a veces tampoco les suena el claxon. Por eso les aconsejo encomendarse a Alá cuando vayan a cruzar una calle, jo jo jo. Ahora estamos en el barrio de Heliópolis, la zona residencial de la ciudad, donde viven los modernos faraones de Egipto. Sólo que en vez de levantar pirámides, ellos se mandan hacer campos de golf en pleno desierto. A su derecha pueden ver la mansión de Gamal Mubarak, líder máximo del Partido Nacional Democrático y primogénito de nuestro presidente Hosni Mubarak. Tiene piscina, discoteca, gimnasio, canchas de tenis y dieciséis alcobas, una para cada una de sus amantes. Gamal la recibió como premio por haber ayudado a su padre a reelegirse por quinta vez. Dicen que Vladimir Putin le preguntó a Hosni Mubarak en su última visita a Egipto: “¿Cómo haces para ganar las elecciones con el noventa y nueve por ciento de los votos? Yo nunca he podido obtener porcentajes tan altos”. Nuestro presidente le respondió: “Te voy a prestar a mis ayudantes”. En las siguientes elecciones envió a Moscú a su equipo de estrategas electorales y el resultado fue: noventa y nueve por ciento de la votación a favor de Mubarak, ji ji ji .

Como la mayor parte de mis compañeros de tour eran españoles, y sólo habían visto por televisión las huellas de la cleptocracia en el Tercer Mundo, celebraban a mandíbula batiente los chistes del guía. Yo no pude encontrarles la gracia, porque me recordaron el masoquismo frívolo con que muchos de mis compatriotas intentan evadirse de una situación igualmente jodida y desesperada. El humor negro incita a la rebeldía, pero el cinismo indolente predispone a la resignación. Quien lo utiliza ante los extraños para exhibir los chancros de su país como si fuera espectador de un drama ajeno, tal vez pretenda eximirse de culpas o cauterizar una herida, pero sólo exhibe su complicidad pasiva con la podredumbre que lo rodea.

En la actualidad es difícil para cualquier mexicano hablar de su país en el extranjero sin caer en el autoflagelo egipcio, porque la opinión pública mundial ya nos etiquetó como un territorio comanche, donde los matones han impuesto su ley. El estigma que nos han endilgado no sólo afecta a los criminales y a la policía, sino a la sociedad mexicana en su conjunto, y esa aparente injusticia, que a muchos nos indigna, tiene por desgracia un sólido fundamento. Durante la longeva dictadura del PRI, los enemigos del régimen podíamos achacar al partido de Estado todos los males del país, desde la rapacidad policiaca hasta las catástrofes financieras. Con una buena dosis de wishful thinking, pensábamos que el país comenzaría a mejorar cuando la democracia sepultara el antiguo régimen y obligara a los políticos a rendir cuentas. La realidad nos ha enseñado que no se puede curar el cáncer con una aspirina. Desde el año 2000 expulsamos al PRI de Los Pinos y en estados como Baja California Norte y Michoacán (dos de las regiones con mayor infiltración del narco en las policías estatales y municipales), el PAN y el PRD llevan tres sexenios en el poder. Se trata, por supuesto, de un poder relativo, pues el hampa ya les arrebató el control de varias ciudades y ha desplazado de facto a los alcaldes en las funciones de policía y recaudación tributaria, como lo revela el espléndido reportaje deAlejandro Suverza "El Evangelio según La Familia" publicado en el número de enero de nexos. Por supuesto, en varios estados donde gobierna el PRI, como Chihuahua, Sinaloa o Veracruz, la situación es igual o peor, porque ahí los narcos sentaron sus reales desde hace décadas.

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ientras los tres principales partidos se pelean a mordidas las rebanadas del presupuesto, la mafia que los abastece de dádivas millonarias sigue ganando terreno. Si la partidocracia no representa a la sociedad y sólo defiende sus propios intereses, nadando de a muertito en un océano de sangre, nuestro deber como ciudadanos sería exigir armas para defendernos del hampa, formar milicias cívicas como en tiempos de Gómez Farías, y abrir el sistema de partidos a los candidatos independientes. Una víctima que no grita cuando la golpean ni se siente directamente afectada por las tragedias de su vecino, termina por volverse cómplice del verdugo que la tortura. La apatía o la cobardía ciudadana nos ha llevado a vivir en un país donde el noventa y ocho por ciento de los delitos quedan impunes, y sin embargo todavía hay analistas políticos que idealizan a la sociedad civil y, de paso, a sí mismos, erigiéndole altares a una entelequia sin contenido, cuando más bien nos merecemos una sátira demoledora. No somos víctimas de una partidocracia corrupta impuesta por la fuerza a un grupo de gente bonachona: hemos engendrado una clase política a nuestra imagen y semejanza, aunque gritemos de terror cuando nos vemos reflejados en ella, como Dorian Gray ante su deforme retrato.

Las bandas que privatizan lugares de estacionamiento en la vía pública, los banqueros que cobran las tasas de interés más caras del mundo en las tarjetas de crédito, los productores de televisión que piden a los actores una tajada de su sueldo para concederles papeles, los condóminos que se niegan a pagar las cuotas de mantenimiento de sus edificios, por mencionar sólo un puñado de especies sociales beneficiarias de la ilegalidad, rivalizan en materia de venalidad y cinismo con los hampones de grueso calibre enquistados en el gobierno. No hay un divorcio, sino un lazo consanguíneo entre esa legión de gandallas y los diputados de las tres fuerzas políticas que se otorgaron como aguinaldo un bono de quinientos mil pesos exento del impuesto sobre la renta. Ningún sermón cívico ha podido erradicar del alma nacional la propensión a ver el erario como un botín. En todas las cantinas del país hay tertulias en donde los bebedores confiesan sin embozo que están esperando la oportunidad de ocupar un cargo público para enriquecerse. Incluso la gente con una rígida moral familiar aprueba el saqueo del presupuesto y lo considera una habilidad envidiable, no un abuso canallesco. Ningún funcionario pierde amigos cuando se enriquece de la noche a la mañana: por el contrario, su éxito social aumenta en la misma proporción que su cuenta bancaria.

La minoría inconforme clama en el desierto, porque el sentido del honor escasea en todos los estratos de la sociedad. Quienes ejercemos el derecho al pataleo en los medios impresos sabemos que nuestra palabra no tiene ningún peso para sembrar el descontento o la rebeldía. En un país donde sólo lee periódicos el uno por ciento de la población, la supuesta función agitadora del intelectual se vuelve tarde o temprano un juego masturbatorio. Como ha señalado el novelista argentino Martín Caparrós, la denuncia política en Latinoamérica se encuentra en un callejón sin salida: “Somos una mierda que se pasa la vida diciendo que somos una mierda

—declara el protagonista de su novela A quien corresponda—. Suponemos que alcanza con decir ciertas cosas para ponernos por encima de ellas. El país se derrumba un poquito y películas y canciones y obras de teatro lo relatan; el país sigue cayendo pero su caída queda bien contada y nos admiran”. Muchos escritores y periodistas mexicanos nos hemos sentido tentados a suscribir las palabras de Caparrós en momentos de frustración o coraje. Cuando nos burlamos con sorna del país que hemos pergeñado, ¿queremos señalar un culpable o nos acusamos a nosotros mismos?

Si de verdad fuéramos una sociedad aguerrida, participativa y despierta, ya hubiéramos aplastado hace tiempo a las víboras y tepocatas que Vicente Fox no se atrevió a rozar con el empeine de sus botas vaqueras. Pero en vez de quitarles poder las hemos fortalecido. Desde el cambio de régimen, la libertad de expresión conquistada en arduas batallas civiles nos ha permitido conocer puntualmente los sobornos devengados por el Niño Verde, los flagrantes latrocinios de Arturo Montiel, el quebranto financiero provocado por la evasión fiscal en la venta de Banamex, los desfalcos y las matanzas de Ulises Ruiz en Oaxaca, las trácalas inmobiliarias de la familia Bribiesca, la complicidad de Mario Marín con Kamel Nacif en el secuestro de Lydia Cacho, las onerosas dádivas de Elba Esther a su camarilla de líderes regionales, el reparto de notarías de Arturo Moreira a los miembros de su gabinete, y un larguísimo etcétera, pero ninguno de esos escándalos ha tenido ni tendrá consecuencias penales. En tiempos del presidencialismo, cuando las corruptelas graves de un gobernador quedaban al descubierto, el presidente lo forzaba a renunciar, para mantener una cierta apariencia de legalidad republicana. Así cayeron, en el sexenio de Zedillo, Mario Villanueva y Jorge Carrillo Olea. En cambio, sus émulos contemporáneos duermen tranquilos porque ninguna autoridad superior les puede tocar un pelo. En vez de sanear la vida pública, la difusión masiva de peculados, contubernios y atropellos judiciales impunes se ha convertido en una grotesca ostentación de poder que desmoraliza a los luchadores sociales, pues refuerza la arraigada convicción popular de que en México la corrupción siempre triunfa. De ahí a admirar a los corruptos sólo hay un paso, y el repunte del PRI en las preferencias electorales indica que muchos mexicanos ya lo están dando. Como bien dijo el historiador del Renacimiento J.A Symonds: “La corrupción es también una especie de superioridad, cuando es consumada, cínica, consciente de sí misma. Lleva en sí su propia clarividencia, su propia filosofía de la vida, su propio buen sentido. Más aún, se impone a la opinión y fascina a la sociedad”.

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a guerra contra el narco emprendida por el presidente Calderón se desarrolla en un contexto sociocultural que no sólo tolera sino aplaude las actividades delincuenciales, ya sean cometidas por la autoridad o por el crimen organizado. En la cima y el subsuelo de la sociedad, los paladines de la corrupción invicta reciben a diario el homenaje de sus lacayos. Tanto el Chapo Guzmán como los líderes petroleros son vistos por un amplio sector de la masa como prototipos del chingón con suerte, que ha sabido imponerse a fuerza de habilidad y mano dura. A pesar de su moral conservadora, los miembros más notables de la burguesía poblana conviven a diario con un protector de pederastas, sin hacerle nunca un desaire, porque las circunstancias los obligan a aceptar de rodillas la superioridad de un rufián exitoso. Millones de mexicanos sueñan aún con ocupar un cargo público lucrativo “donde no les den, sino los pongan donde hay”, como reza el dicho popular. Difícilmente Calderón podrá encontrar a un director de la PFP, la SIEDO o la PGR que no pertenezca a este vasto conglomerado, porque los hampones desenmascarados en público a quienes recibe con honores en Los Pinos son el modelo a imitar en las altas esferas de la administración pública.

Sabemos ya, por las revelaciones del propio Calderón, que los gobiernos del pasado inmediato negociaron con los narcos, o cuando menos creyeron posible administrar el crimen organizado. Como resultado de esos pactos en lo oscurito, el narco se infiltró en los mandos superiores de la policía y el ejército a tal grado que en la actualidad el presidente puede estar seguro de dirigir la política fiscal o educativa del país, pero no los cuerpos policiacos ni la totalidad de las fuerzas armadas. No sé si la cruzada contra el narco le devuelva al Estado el control de sus efectivos militares y policiacos o se lo arrebate por completo. Pero si el presidente ha emprendido esta guerra para regenerar la moral pública (único fin que puede justificar una pérdida tan grande de vidas humanas), debería combatir con el mismo celo patriótico a los saqueadores políticos, sindicales y empresariales que han infligido a la sociedad mexicana un severo daño patrimonial. La discrecionalidad en el combate al delito sólo profundiza y agrava la cultura de la corrupción en donde estamos empantanados desde tiempos de la Colonia. No se puede perseguir a ciertos delincuentes y solapar a otros igualmente notorios, sin despertar simpatías por los narcos, a quienes muchos mexicanos ven con admiración y respeto, por la derrama económica que deja su actividad.

En países como Egipto esa doble moral ha provocado que los jóvenes decepcionados de los gobiernos civiles ingresen a las filas del fundamentalismo, porque no todos se toman a risa las corruptelas de la familia Mubarak. En México, la impunidad absoluta de la delincuencia privilegiada, exhibida a diario en los medios de comunicación, puede descarrilar la naciente democracia y hundirnos en la barbarie nihilista. Mientras la Ínfima Corte de Justicia brinde protección a la crema y nata del hampa institucional, como ha venido haciendo hasta ahora, los sicarios del narco seguirán teniendo una coartada para cortar cabezas. El panismo doctrinario al que pertenece Calderón le debe a la sociedad el ajuste de cuentas con la cúpula del corporativismo que Fox no se atrevió a realizar. Si esa regeneración no empieza pronto, si la democracia no trae ninguna mejoría en la impartición de justicia, la burla amarga de nuestras lacras dejará de ser el desahogo favorito de los mexicanos, y cualquiera estará tentado a tomar las armas para imponer su ley.

Enrique Serna. Escritor. Su más reciente libro es Giros negros.

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